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Rastrear en esos cuadros turbadores las huellas de nuestra identidad tiene algo de vertiginoso, pues ellos delinean una vasta geografía, un laberinto tan complicado y tan diverso donde aun el más diestro explorador puede extraviarse.


Hijo de un científico polaco y de una peruana del litoral, Szyszlo está también escindido en relación a sus fuentes artísticas: el arte precolombino, las vanguardias europeas, ciertos pintores norteamericanos y latinoamericanos. Pero quizás el paisaje que lo ha rodeado la mayor parte de su vida -el cielo gris de Lima, su ciudad, los desiertos llenos de historia y muerte de la costa y ese mar que comparece con tanta fuerza en su pintura de los últimos años- haya sido una influencia tan determinante para configurar su mundo como el viejo legado de los anónimos artesanos precolombinos cuyas máscaras, mantos de plumas, figurillas de greda, símbolos y colores aparecen con frecuencia quintaesenciados en sus telas. O como las refinadas audacias, negaciones y experimentos del arte occidental moderno -el cubismo, la no- figuración, el surrealismo- sin los cuales la pintura de Szyszlo no sería tampoco lo que es.
 

Las raíces de un artista son siempre profundas e inextricables, como las de los grandes árboles. Es útil estudiarlas, averiguarlas, pues ellas nos acercan a ese misterioso centro del que nace la belleza y esa indefinible fuerza que ciertos objetos creados por el hombre son capaces de desatar y que nos desarma y subyuga. Pero el conocerlas sirve también para saber sus límites, pues las fuentes de que se nutre no explican nunca la totalidad de una obra de arte. Por el contrario, suelen mostrar cómo un artista va siempre más allá de todo aquello que formó su sensibilidad y perfeccionó su técnica.

 

Lo personal -oscura materia hecha de sueños y deseos, de palpitos, reminiscencias e inconscientes impulsos- es seguramente en Szyszlo tan importante como las corrientes pictóricas en las que su obra pueda filiarse, o que aquello que conscientemente ha admirado y emulado. Y es probable que en ese reducto secreto de su personalidad está aquella inaccesible clave del misterio que, junto con la elegancia y la destreza, es el gran protagonista de sus cuadros.

 

Algo ocurre en ellos, siempre. Algo que es más que la forma y el color. Un espectáculo difícil de describir aunque no de sentir. Una ceremonia que parece a veces de inmolación o sacrificio y que se celebra sobre un ara primitiva. Un rito bárbaro y violento, en el que alguien se desangra, desintegra, entrega y también, acaso, goza. Algo, en todo caso, que no es inteligible, que hay que llegar a aprehender por la vía tortuosa de la obsesión, la pesadilla, la visión. Muchas veces, mi memoria ha actualizado de pronto ese extraño tótem, despojo visceral o monumento recubierto de inquietantes ofrendas -ligaduras, espolones, soles, rajas, incisiones, astas- que es desde hace mucho tiempo un personaje recurrente de los lienzos de Szyszlo. Y me he hecho incontables veces la misma pregunta: ¿de dónde sale?, ¿quién, qué es?


Sé que no hay respuestas para esas preguntas. Pero que sea capaz de suscitarlas y mantenerlas vivas en el recuerdo de aquellos que entran en contacto con su mundo, es la mejor credencial de autenticidad del arte de Fernando de Szyszlo. Un arte que, como América Latina, se hunde en la noche de las civilizaciones extinguidas y se codea con las novísimas, aparecidas en cualquiera de los rincones del globo. Que se yergue en la encrucijada de todos los caminos, ávido, curioso, sediento, libre de prejuicios, abierto a cualquier influencia.


Pero enconadamente leal con su secreto corazón, esa soterrada y caliente intimidad donde se metabolizan las experiencias y las enseñanzas y donde la razón se pone al servicio de la sinrazón para que broten la personalidad y el genio de un artista.
 


Mario VARGAS LLOSA (Premio Nobel en Literatura 2010)
Miami, 20 de febrero de 1991

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